Gran Valparaíso, 2012, Año 4 (2aF)

A propósito de la violencia y la soberanía ciudadana vital.

A propósito de la violencia y la soberanía ciudadana vital

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Cualquiera que haya leído con detención el origen del Leviatán (1997) de Hobbes o en un sentido póstumo a Weber (2004) y su polémico discípulo Schmitt se encontrará en la dimisión cada vez más incómoda de tomar una posición de carácter político. Renunciar a una para tomar otra, o simplemente seguir creyendo en la artificialidad de la política moderna, sostenida sintéticamente en el equilibrio, la paz, el consenso, la vía institucional, el respeto al orden republicano y un gran etcétera fundado por el territorio nacional moderno.

Claramente estamos hablando de política, o de aquello que Weber en las conferencias que al español vienen traducidas como El científico de profesión; El político de profesión se esfuerza por detallar y distinguir frente a los cambios abruptos que sufría el sistema político partidista y la gran maquinaria de la política moderna. En el político de profesión, Weber describe lúcidamente cómo la organización política burocrática cambia según distintos contextos – esto es el europeo y el estadounidense- el modo de interacción de la política en si.

Pese a que en Inglaterra y Alemania el paso de un modelo basado en las consociaciones territoriales de tradición medieval, era mucho más paulatino,  es el intelectual, representado por el jurista, las fuentes escritas, el saber especializado, la mediación de la opinión pública, entre otros característicos, las entidades que comienzan a hacer de la política una máquina de pertenencia pero bajo condiciones clásicas de alienación.

Simmel, Tönnies, Weber, sólo por nombrar algunos, llamaron a esta ambivalencia de distinto modo. Comunidad de interés para Simmel,  la sociedad en Tonnies, o el orden legítimo según leyes racionales en Weber. Pero sin lugar a dudas en el fondo significaba hablar de algo en común: el pacto que involucra a los seres humanos en un tercero, una entidad que no fue hecha ni acordada por ellos mismos, pero que sin embargo genera unidad. El espacio moderno, el abstracto.

Posiblemente la fuerza del mundo rural en el pensamiento alemán, permite tener mayor claridad respecto a este problema de real envergadura. Cuando Tönnies habla del paso de la comunidad a la sociedad, hace referencia a un nuevo pacto, acordado pero no acordado, sin vínculos de carácter local o sanguíneo, pero que pese a ello genera una unidad, tercera. De ahí la principal crítica dirigida por éste a Hobbes, donde la voluntad general en realidad poco de voluntad colectiva tendría, ya que el acuerdo en realidad pasaba por un proceso de despolitización de las fuerzas humanas, para finalmente pertenecer a ese tercero.

Cuando Durkheim nos habla de los modos de solidaridad – mecánica u orgánica- o Marx describe los tipos de asociatividad entre medios de producción, fuerza de trabajo y dueños de los medios de producción, describiéndolos como proceso de alienación, nos señala la raíz de un mismo problema Esta mediación que genera unidad, ¿por qué entonces a Marx le preocupaba esa alienación?  Porque en realidad la artificialidad de ese engranaje, generaba una unidad contradictoria. La identidad de clase y todo lo que viene posteriormente, como el conflicto, los intereses, el poder al interior del partido reproduce esta artificialidad.

 El mismo Sorel (1935), no creyendo ni en los partidos, ni en la condición abstracta de clases – como si pensaba R. Luxemburg-  ve al menos en ese mismo vínculo artificial de lugar que unía, es decir condición de trabajador obrero u operario , el modo destructivo del orden político que lo había producido.

Pero como hacía mención, quien haya leído con un poco de detención a Hobbes o al mismo Weber, podrá percatarse que la política y lo político son cosas totalmente diferentes.

 Antes de la formación del Leviatan, esto es de la creación del orden político moderno, el principal problema que se le presenta a Hobbes es cómo hacer efectivas las leyes naturales  en un periodo prolongado sin que este orden se disolviera. El pacto no servía porque seguiría lo político latente, y el desorden, la violencia y el descontrol, podría surtir todavía efecto. Lo que quería en realidad Hobbes era permutar lo político detectado por su pensamiento, el estado de naturaleza, en un orden, sin que este fuera coercitivo. El sabia perfectamente que el ser humano no puede sostener en el largo tiempo la coerción, por lo tanto, dicho pacto tendría que ser un pacto identitario, permutando entonces la  leyes naturales (de carácter coercitivo, paz, acuerdo y orden social) por derechos ciudadanos.

Este es el pasaje fundamental, porque se transmuta la soberanía, despolitizando lo político de las sociedades para depositarlo en un tercero, que bajo su orden, su discreción y decisión, haría de la acción una reciprocidad biunívoca de nuestro accionar, como  parte permanente integrada al poder del Estado-Nación. Es decir, la acción no se reprime, viene reinterpretada en otra instancia, que simula ser verdaderamente nuestro accionar político soberano.

Ser ciudadanos del Leviatán (o Estado-Nación), es una disposición en positivo. Es tener derechos depositados en el equilibro y el orden, identificados en el sistema de representación moderna.  Como no es coercitivo sino identitario, la clave de la transmutación de lo que políticamente sería lo medular – la energía política- pertenece ahora a un sistema de representación, al Estado-Nación, y no medularmente a la presencia ciudadana.

A través de un sistema indirecto (representativo), de mediación racional, toda la energía política viene neutralizada pero al mismo tiempo enmarcada con el voto. Este a su vez codifica la energía política destructiva cambiándola en orden político, y se mantiene la vitalidad del Leviatano, el Estado y su Soberanía. El acto ciudadano de ir al sufragio presidencial o parlamentario, es el proceder de despolitización, donde la voluntad de ser políticamente, de participación sustancialmente ciudadana, viene despolitizada a través del voto, y al mismo tiempo anulada. No obstante se realiza inmediatamente como forma convincente, el electorado, el universo electoral es quien convierte este procedimiento en un orden político con durabilidad por acuerdo legítimo.

Pero el trasfondo de esto, que es clave para interpretar de otro modo la aterradora violencia, es el hecho de que en realidad la soberanía siempre es algo que reside en las sociedades. El proceso de despolitización-  neutralización- orden y política, es un modo de procesar la violencia en otros códigos del orden y el sistema de representación moderna.

Sea este parlamentario o presidencial poco importa. Y Weber nos señala el mismo problema cuando habla de una ética política por consecuencia a una ética política por finalidad (Weber, 2004). La primera en realidad no puede promover un principio ético en la política, no puede condenar la violencia, porque sería como ocultar el origen de lo político. Es por ello que para Weber el político, quien verdaderamente promueve lo político, es alguien que está lleno de gloria, tiene una causalidad inminente, un modo de previsión sobre lo que hace, pero que por lo mismo está condenado a un destino trágico, porque va más allá de lo establecido. En cambio una ética por finalidad, condena lo medular de lo político, y tiende siempre al equilibrio, a la estabilidad democrática de origen burgués.

La violencia, sobre todo la que podemos observar hoy en las calles en distintos focos del país; los modos de manifestación, no podemos juzgarlos siquiera analizarlos según un criterio racional. Todo el desplante de estudiantes, las organizaciones sociales, los afectados por la reconstrucción,  los llamados ciudadanos, y las distintas demandas, son un aspecto que en realidad colocan en contacto a las sociedades con su origen político que es energía vital soberana.

El clásico estado de naturaleza descrito por Hobbes, es también una politización conceptual. Es cierto, el desorden, el descontrol, la gloria, las ansias que llevan a la muerte, es un modo originario de lo político, pero no puede ser reducido necesariamente a eso. No por nada Rousseau condena ese estado de naturaleza como una sobre-ideologización del accionar humano. Si bien la vitalidad es violenta en su voluntad de existir políticamente, esa energía vital, puede ser también energía vital de unión, y no de disgregación. Ciertamente podemos estar ad portas de esto.

Es ahí donde también se manifiesta la violencia. Como diría Schmitt, el pueblo quiere estar presente, por lo tanto un sistema democrático no pasaría por las estructuras de participación convencionales, menos por optimizar la forma representativa  actual en crisis, ni por hacer de la opinión pública un vínculo de las demandas del pueblo. Una democracia vital, tendría que hacer presente la voluntad de existencia del pueblo, al menos en una idea que pueda ser manifiesta.  Si eso implica o no el conflicto y el desorden, es tema de discusión.

Si colocamos esa idea en nuestro contexto, posiblemente el concepto de pueblo se encuentre fragmentado, y la originalidad pasa por la re-estructuración del mismo territorio abstracto, es decir, territorio nacional moderno, de acuerdo a su fragmentación originaria, política. Basta hacer un poco de memoria, para recordar los sucesos que dieron convocatoria este 2011 en Magallanes, los que tenían como trasfondo una demanda fragmentaria, esencialmente territorial, o mejor dicho socio-territorial.

De este modo posiblemente se puede percibir cierta originalidad de nuestra contingencia, donde no hay que entenderla de acuerdo a su finalidad, menos  respecto a su futuro, ni pensando el modo de expresión que debieran tener. Lo que se expresa es una voluntad de existir políticamente, sea violenta o no, lo que está en juego es la soberanía, que es una lucha vital.

Juzgar al violento, sería como juzgar el origen violento de nuestra existencia. No reconocer la violencia, es seguir reproduciendo la artificialidad. El Estado, es el actor político por excelencia,  quien monopoliza legítimamente el ejercicio de la fuerza física de su territorio, y esta idea que pareciera ser manifiesta en cada marcha o manifestación que desequilibra el orden, lo dijo Weber a más de un siglo. En eso fue experto, analizando cómo la mayoría de las religiones, concebían en su origen a la violencia como parte fundamental del credo, sin la cual este prácticamente no existiría.

 

 

 

Bibliografía

 

Hobbes, T 1997 Il Leviatano, Roma , Armando Editore.

 

Sorel, G 1935 Reflexiones sobre la violencia. Santiago de Chile, Ercilla.

 

Tönnies, F 2005 Gemeinschaft und Gesellschaft. Abhandlung des Communismus und des Socialismus als empirischer Culturformen, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, Darmstadt

 

Weber, M 2004  La scienza cone professione. La politica come professione , Milano, Einaudi.. tambièn disponible en http://www.estudiospoliticos.ufm.edu/uploads/assets/digitallibros/Weber%20Max%20-%20El%20Politico%20Y%20El%20Cientifico.pdf

 

 


¿Como citar este articulo?
Gino Bailey Bergamin (ago2011) "A propósito de la violencia y la soberanía ciudadana vital." Recuperado el [FECHA ACTUAL] del sitio web de Revista El Topo http://www.eltopo.cl/a-proposito-de-la-violencia-y-la-soberania-ciudadana-vital

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