Al analizar las ciudades, es difícil dejar de preguntarse de qué manera se suceden fenómenos culturales, en apariencia disímiles, que van generando espacios muchas veces desconectados unos de los otros, social y espacialmente, que terminan formando una cartografía social dislocada, fragmentada o interrumpida.
Si nos situamos en la cotidianeidad del espacio, en la situación misma en que ocurre el fenómeno de lo cultural, pareciera que estuviéramos viviendo en un mundo de ajenos y comunes, de pasados y presentes, de pobres, medios y ricos. No discutiré en este articulo aquello sobre lo cultural, aquella definición que siempre va a estar intermediada por una crítica academicista sobre lo cultural de lo social. No hace falta, porque no es la intención y habrá otro momento en el que puedan ser reflexionados aquellos elementos que integran o no “lo cultural”. En mi perspectiva o al menos sobre lo que trata de construir este relato, tomo el concepto cultural en su sentido más amplio y sobretodo desde la práctica sociológica. Algunos de estos conceptos pueden estar relacionados con las condiciones sociales y materiales del arte y la producción cultural, así como pueden estar dedicados a las consecuencias de una representación cultural desde las costumbres y usos sociales de los símbolos, costumbres y formas de expresar el presente desde lo cotidiano.
No es mi intención hacer esta diferencia, desde la academia, que observa la cultura desde distintas intencionalidades. Más bien mi intención es descubrir aquellos procesos que constituyen una cultura más allá de cualquier definición política e ideológica, que finalmente podría reducir el fenómeno a un campo de luchas a veces reducido y sumamente arbitrario. Tampoco digo que sea simple este ejercicio. No existe escritura que no deje de lado una palabra por nombrar. De hecho, cualquier ejercicio de escritura, va a ser por sí mismo, un ejercicio de técnica y práctica cultural. Sin dejar de lado lo importante, el contenido de lo escrito, que a su paso es también un ejercicio cultural, no existiría nada, ni el tiempo, ni el espacio, ni la relación, ni la crítica, ni siquiera el lápiz bic a cuya buena fabricación le atribuyo la rapidez con la que se persiguen estas palabras que pretendo expresar.
Sería imposible por lo mismo, eliminar de lo cultural, la técnica, la producción como objeto, el contenido de lo expresado, el contexto de lo autoral (creacional), así como las condiciones sociales en las que se escribe. Ni siquiera eso mismo, que es la forma por la cual se expresa una idea (que puede ser la escritura, la fotografía, el arte visual, la música, la performance o los nuevos medios, etc.), va a determinar en parte este complejo texto y contexto sobre lo que lo social en la cultura aparece como modelo de ser, hacer, crear y recrear en el ser, que está ahí, en la vida. No puede ser válido, expresar o manifestarse sobre lo cultural, sin tratar de situar ahí un contexto, que de todas maneras va a cambiar en la ciudad, en el campo territorial sobre el cual se esté expresando aquella interpretación sobre lo cultural. Ese entendimiento es fundamental, no sólo porque explica un contexto sobre lo que se quiere evidenciar desde lo social o lo sociológico sobre el comportamiento más interno y menos estudiado del ser humano, así como la forma que van adoptando estos comportamientos que tienen una influencia más amplia dentro del estudio e investigación de lo social.
No hace falta hacer un recuento de cuánto proyecto fallido, cuánto programa gubernamental o estatal ha desaparecido, o cuánta política pública ha fracasado debido a una nefasta comprensión e interpretación de los fenómenos culturales que se suceden. Esa tarea se puede entregar a cualquier sociólogo, evaluador de impactos sociales de programas gubernamentales, que con las técnicas de investigación social, podría determinar si una política fue efectiva o no. Desde sus consecuencias, porque ninguna técnica de lo social -y los presupuestos para estas evaluaciones tampoco lo permitirían- podría dar a conocer cuáles fueron las causas para que un determinado programa o proyecto social no funcione.
La explicación a esto, que puede parecer de “perogrullo” (palaba que odio), se encuentra en dos elementos fundamentales. A saber: las condiciones sociales de la cultura y el territorio. Para cualquier sociólogo, al menos para aquellos que de verdad están interesados en una comprensión de los fenómenos sociales, esto sería una cuestión evidente. No para otros, que parecen más involucrados en la respuesta simple y el trabajo psicosocial-asistencialista en comunidades, que no es más que otra forma de adaptar los seres a los sistemas, sin ningún valor ético, ni perspectiva crítica, ni consciencia profesional acerca de la tarea del sociólogo. Esta tarea, la cual NO ES la adaptación del ser al sistema, sino que de generar sistemas favorables a la articulación plena del SER, estaría siendo dejada de lado.
Sin duda, ese circuito parasitario que pulula en consultorías y estudios de marketing sin ninguna rigurosidad científica, son los mismos que contaminan la profesión y han contaminado el oficio del sociólogo (¡Cómo te irritarías Max!). Pero no es la intención de este artículo referirse a este fenómeno dentro de la práctica sociológica. Probablemente alienados y discapacitados de la actividad crítica por el contexto, se han asumido como asalariados y fragmentos de un esquema neoliberal que atenta contra la práctica profesional.
Es justamente en este punto en el que una visión social (y política) de la cultura podría tener sentido. Aquel contexto, que es a veces fragmentario, forma parte de una complejidad del entorno de cualquier práctica social. Es ahí justamente donde quiero referirme, en el sentido que tanto industria cultural, como práctica cultural, no están vacías de contenido. Tanto el baile urbano (desde los bailes de San Pedro hasta el breakdance), como en lo visual (desde la pintura hasta el stencil), responden a formas sociales de interpretación del espacio. No son distintos la música folklórica, el reggaetón o cumbia urbana, ni el guitarrero en un mercado central. Todos estos fenómenos forman parte de un contexto cultural desideologizado, más práctico que político, más consciente de lo inmediato que de lo estructural. Por ello, me parece insólito que mucho/as sociólogo/as estén más involucrados a la práctica ideológico-política, asistencialista-comunitaria, marketing-institucionalista, que al real conocimiento científico de la experiencia situacinosista y vivencial de la sociedad actual. ¿Existirá acaso en una sociedad hiperconectada de las elites intelectuales una perspectiva que busque la realidad de los fenómenos sociales más allá de una práctica política o marketing relacional? Pareciera que no sólo en los contextos de una sociedad post-industrializada el fenómeno sociológico se presente complejo. Otras evidencias de autores argumentan la misma cuestión. Pero pareciera ser que en nuestro contexto, la práctica sociológica sobre lo cultural, tendiera a ser un proceso fragmentario, que no identifica lo que sucede de lo que se anhela.
Por ello me parece fundamental concluir (sin terminar), este texto con una reflexion acerca de la cultura y la práctica cultural. Ésta, no está sometida a los mismos mecanismos por los cuales la academia se valida. No es una institucionalidad sobre la cual se aplican los dispositivos de racionalidad instrumental o relatividad argumentativa. Una interpretación sociológica no va a estar supeditada, como se ha supuesto, a las funciones argumentales que emanen de la práctica sociológica, sino que constituyen movimientos continuos e interrumpidos de larga duración. Una fragmentación puede aparecer como elemento constitutivo de una práctica, pero como movimiento continuo de una crítica. Es por eso, que el argumento sociológico sobre lo social, no puede estar aislado de su práctica cultural contingente a la que responde, sino que como elemento fundamental y genético de su propia expresión.






