Fotografía: ABC.es
Hemos estado atentos y observando todo lo que ha sucedido con el terremoto en las costas de Chile. Hemos revisado la prensa nacional e internacional y la secuencia de fenómenos sociales que se han generado tras el catastrófico evento. Por esto mismo creemos, que a 5 días de la alerta sísmica, es posible desarrollar al menos un análisis parcial de toda esta situación de emergencia. No es nuestro ánimo contribuír al espectáculo masivo que ha significado este hecho para los medios del país, sino que desde una mirada sincera, expresar parte de las discusiones que hemos tenido como revista y canalizadas al menos en este primer articulo, reflexivo por mi persona. Es cierto que existe una situación de emergencia, de alerta social. Ocurrió el día sábado en la madrugada un terremoto que poco a poco comenzó a hacerse notar en sus consecuencias. Miles de personas desalojadas por inestabilidad de su vivienda y otras tantas, más cercanas al lugar del epicentro, que perdieron todo. El drama humano que significa toda esta situación es indescriptible, pero los fenómenos que se han producido alrededor de esto, es por decirlo de alguna manera, interesante de analizar.
Si ponemos en perspectiva el desarrollo de la catástrofe, el país circulaba por un trayecto muy distinto al que de un momento a otro se transformó. De hecho, lo más interesante antes de que pasara esto, eran las playas, los conciertos y festivales, los artistas extranjeros y un par de canales de TV por Cable más unas buenas cifras de Sernatur y la créme del periodismo descansando antes de volver a cubrir el cambio de mando, más bullado y menos interesante en la historian del país. El pulso social tenía un tintineo como a salsa con un fraseo reggetón. Pero el sábado 27 de febrero, el último fin de semana del verano en la madrugada, comenzó un pacto con la realidad muy intenso, que definitivamente dejó a todos impactados. ¿Impacto de qué? Impacto de saber que mucho más cerca tuyo que cualquier otro día, estuviste de olvidar esa continua circulación en el acto cotidiano de existir en el año 2010. Dos o tres veces a la semana aparecía una foto de un edificio en llamas en Bagdad y sentimos que aún era muy lejano. Sentimos de lejos la conspiración del animal humano, del humano-lobo, en su respuesta involuntaria. Sentimos, como globo terráqueo y comunidad internacional, la sutileza en los ojos de la angustia en Haití y una parte del nosotros sufrió en secreto. Pero lo del sábado en la madrugada fue un evento como de esos que marcan a las generaciones, De esos eventos que es importante recordar. Pero ¿está realmente preparado el país para asumir estos desafíos? ¿Somos una sociedad sana y madura que convoca con responsabilidad los asuntos colectivos? Podríamos dudar de aquello, no por la simple crítica ecuménica de las ciencias sociales, sino porque parece que aún no nos entendemos, porque no somos sinceros con nosotros mismos, porque ocultamos nuestros deseos más vergonzosos en la expresión de lo social y por ello nos hemos vuelto una sociedad frágil, capaz de socavar el tejido social tan pronto el mar socava los cimientos de nuestros edificios. Y ni siquiera estamos cerca de pensar si es legitimable el Estado militarizado en terremotos sociales como hemos visto. El punto de partida comienza cuando una presidenta inspira temor en su mirada por no saber con exactitud si Carmen Fernández, o la Armada tienen la culpa, porque al final -según lo que hemos conocido de una prensa no tan amarilla- es que mucho de todo esto era evitable. Y estamos en esos casos en que lo evitable es parte de lo posible y lo posible es incuantificable, pero al menos siempre sentiremos esa sensación de si algo de esto era evitable. Porque indudablemente existe un problema. No al nivel de lo que puede ser Haití, pero de una nación que se cree capaz de conquistar el espacio, es importante entonces asumir esas responsabilidades como quien dirige al mundo. Y teníamos ese nivel de exigencia? de calidad? de eficiencia? Parece irónico (de una manera muy sórdida) que existiera un problema de comunicación, de capacidad comunicativa y de inteligencia luego de décadas de opresión militar maquiavélica. ¿Cómo llegamos a perder esa capacidad de decisión que requiere el liderazgo? ¿A quién le tememos hoy? ¿Quién es realmente nuestro jefe?
Y en ese momento comienza un mal reality show. Se decreta “estado de excepción constitucional de catástrofe" en las regiones de Maule y Bíobío por un plazo de 30 días. La alcaldesa histérica reclama por los medios, más contingentes militares. Tomen este desastre, es suyo y hagan con el, lo que quieran. No vimos venir el desorden social, los saqueos o el pillaje. No lo vimos venir, porque olvidamos quienes éramos. Olvidamos que ya va mucho tiempo de esas manos manchadas de tierra junto a la sonrisa orgullosa del poblador. Olvidamos aquello que la utopía quería posible y que fue decantando en un apestamiento generalizado del sistema de vida con una complicidad vergonzosa junto al consumo. Ahí esta el lumpen, el borracho divertido y el narco peligroso, el choro y el pulento. El que lleva viviendo mucho tiempo solo, como el lastre de una sociedad perdida. El problema es cuando estamos todos desolados. Con una angustia enfermiza porque no se acabe la vida ahora, no antes de comenzar a vivir. Entonces nos sorprendimos, pero porque usamos lentes cortos, porque no solamente Onemi y Shoa no pudieron comunicarse, sino que la sociedad entera dejó de hacerlo. El día domingo legitimamos un estado militarizado con ordenes de usar la fuerza y las balas en la medida de su necesidad. De una manera muy extraña la sociedad civil canalizó parte de esta inquietud, comunicándo, abriéndose a lo desconocido y permitiendo el flujo de conversaciones, discusiones e información sin ánimo de conseguir algo distinto. Pero ¿es necesario que todo esto se transforme en un gran show? ¿Es necesario la agitación generalizada en la población? ¿Nos permite todo esto enfocar la mirada hacia el meollo del problema o simplemente nos desviará hacia el aplauso corto y los comerciales? No hay que ser injusto con esa inquietud sincera, pero desde un punto de vista práctico, todo este desorden no genera un aporte significativo a la resolución de una catástrofe social. Hoy más que nunca es importante respetar los canales formales para no equivocarnos de nuevo. No desviar la atención del verdero conflicto, por pequeñeces insignificantes. Es cierto que las redes sociales permitieron generar flujos de información cuando los servicios vitales como la electricidad y el agua aún no se reactivaban. Pero lo importante es poder atender las reflexiones que esto nos produce. Generar un debate abierto y dejar que los especialistas se encarguen de lo técnico. Volver a mirar lo colectivo reconociendo que no estamos nunca solos.






