Gran Valparaíso, 2011, Año 3 (2aF)

El Espacio de la Cultura o la Cultura Como Espacio: Elementos para el Estudio de las Ciudades

felipeespinosa_ascensor.jpg

El presente artículo tiene por objetivo situar el debate en torno a la cultura a partir de los significados particulares que adquiere el concepto desde una perspectiva espacial y territorial. Los cambios en la estructura de las ciudades, la significación de los espacios y la comprensión local de la institucionalidad del arte es un elemento necesario para comprender los desafíos que plantea el desarrollo cultural en la actualidad. En este sentido, es posible hacerse la pregunta de si ¿es posible entender a la cultura fuera de los parámetros de un espacio social/territorial específico? Para responder esto, es necesario remitirse a las discusiones sobre el concepto mismo de cultura y a las condiciones que podrían explicar su definición desde lo territorial.

En la tradición sociológica de Raymond Williams (1981), la cultura tiene dos posibles formas de comprenderse: la primera como un “espíritu conformador” y la segunda como un “orden social global”. Estas definiciones de la cultura, responden a la clásica discusión acerca del “idealismo” y el “materialismo” o en términos simples, a la causa o el efecto. En la primera acepción, la definición a partir de un “espíritu conformador”, se refiere a la cultura como aquel elemento capaz de organizar cognitivamente una realidad dispersa y ambigua que es “conformada” en un modo de vida global. En la segunda definición, la cultura es percibida como un producto de otras prácticas sociales –como el trabajo-, que se ven reflejados en un tipo determinado de cultura y expresividad. En este sentido, la pregunta tiene que ver,  si la cultura es un elemento esencial que permite que otras prácticas sociales se generen, o si la cultura es el producto mismo de esas prácticas sociales. En una convergencia contemporánea de estas definiciones, como bien lo explica Williams, la cultura puede ser entendida como elemento de un orden social global, más similar al segundo modelo, pero no como producto o determinación de este orden constituido, sino como elemento de su propia constitución.

“Pero, en lugar del “espíritu conformador” que se consideraba constituyente de todas las demás actividades, considera la cultura como el sistema significante a través del cual necesariamente (aunque entre otros medios) un orden social se comunica, se reproduce, se experimenta y se investiga.” (Williams, R., 1981, p. 13).

En este sentido, la definición de cultura se abre a nuevos espacios de interpretación que son visibles en distintos aspectos de la realidad social. Es posible reconocer en esta convergencia sobre la definición de la cultura, elementos autopoiéticos a la manera de Maturana y Varela, que sitúan a la cultura como constitutiva y constituyente, porque comunica y permite la reproducción del sistema de orden social global. Es decir, la cultura, estaría no sólo en la producción cultural o la práctica cultural, sino que envolvería a todo el sistema, modificándolo, comunicándolo, reproduciéndolo. Las definiciones de Williams sin embargo, no se introducen en el debate esencial que está detrás de esta aceptación de la convergencia, y es que los sistemas sociales desde esta perspectiva, serían eminentemente sistemas comunicativos. Desde este campo –de la comunicación-, Piñuel va a ser muy ilustrativo para entender lo que estaría en juego, si es que aceptamos una definición de lo cultural a partir de la intermediación como rol esencial de la cultura.

“Si aceptáramos la hipótesis de que los sistemas sociales fuesen sistemas de comunicación, el núcleo de lo social no podría ser entones un tipo especial de acción, pues las operaciones de comunicación particulares tales como la conversación, a partir de las cuales se postulase la autopoiesis elemental de la sociedad, implica que ya existan al menos dos procesadores de información (ambos interlocutores) que puedan referirse el uno al otro y también a sí mismos, antes de que pueda ejecutarse cualquiera de estas operaciones comunicativas.” (Piñuel, 2006, p.269).

Lo esencial de la cultura a partir de estas definiciones, estaría dado entonces por su capacidad de actuar de manera extendida en la práctica social y en la vida cotidiana de las personas, al mismo tiempo que constitutiva de un campo particular de la acción social que toma forma en las prácticas de producción y expresión cultural. La complejidad que esto significa para el estudio de la cultura es enorme. La cultura ya no solo se hace presencia en la práctica y producción artística e intelectual como elementos más tradicionales del sistema cultural, sino también en una amplitud de “prácticas significantes” desde “el lenguaje, pasando por las artes y la filosofía, hasta el periodismo, la moda y la publicidad- que ahora constituyen este campo complejo y necesariamente extendido” (Williams, 1981, p. 13). Entonces, cabría preguntarse, ¿cómo sería posible estudiar el campo de la cultura sin eliminar las condiciones de amplitud comunicativa que son constitutivas de si mismo?

Es en este punto, en que la perspectiva social y territorial aparece como un punto de referencia necesario para tomar en cuenta al momento de ejercer el estudio sobre la cultura. En el sistema comunicativo descrito por Piñuel, que es posible reconocer en las definiciones sobre “lo cultural” de Williams, existen al menos dos “procesadores de información” que se refieren a sí mismo. En este sentido, la cultura como práctica, expresión, pero también como agentes o sujetos de la cultura, encarnarían un primer elemento constitutivo del proceso de comunicación. El otro elemento, estaría dado por su territorio o espacio social, las prácticas que ahí se ejercen y los agentes que ahí interactúan. No digo con esto, que la única posibilidad de estudiar la cultura sea a partir de las condiciones espaciales del campo en que se desarrolla, sino que esta relación -principalmente comunicativa- de lo cultural a lo territorial, permitiría una apertura del campo de estudio e investigación sobre estos fenómenos particulares.

Este ejercicio de relaciones, que podría parecer “evidente” para aquellos más relacionados al campo de la sociología urbana o territorial, no es tan simple ni menos, es un campo de estudios que se haya extendido. Para Waldenfels, esto se produce por el predominio que ha tenido el tiempo en el pensamiento moderno, que se ha constituido “bajo una influencia decisivamente filosófica así como también teológica”, lo que “parece haberle quitado la prioridad al espacio” (Waldenfels, B., 2001, p. 157). Las razones para que este predominio de lo temporal sobre lo espacial en el pensamiento moderno suceda, se encuentran enumeradas acuciosamente en el artículo de Waldenfels y recorre desde las perspectivas filosóficas de Agustín, las prácticas científicas en la física así como en el desarrollo histórico, que da un predominio al tiempo sobre el espacio. En los últimos años, esta dominancia significativa estaría cambiando en los diversos campos de estudio e investigación. Sin embargo, el autor es claro en responder que el “regreso del espacio no significa que volvemos al espacio como una patria reencontrada en la cual todo, incluso nosotros mismos, tendríamos un lugar seguro. Como ya se ha sugerido reiteradamente, este espacio rencontrado no salió de un molde, como tampoco nuestro cuerpo” (Waldenfels, B., 2001, p. 167). Y junto a eso especifica, que “no sólo hay diferencias entre un espacio y otro, sino también desplazamientos, fisuras y grietas dentro de la espacialidad misma, de modo tal que jamás algo o alguien están absolutamente en su lugar” (Waldenfels, B., 2001, p. 167).  El estudio sobre la cultura desde la perspectiva del espacio, va a necesitar de la pregunta acerca del lugar y los desplazamientos, las fisuras y grietas que la constituyen como práctica significativa de un espacio social determinado.

Esta vuelta a lo espacial y lo territorial desde las ciencias sociales tiene distintos impulsos. Uno de los más claros, se puede observar en la transformación que sufren las ciudades a partir de la segunda mitad del siglo XX. Esta transformación, toma como argumento una ampliación de los modelos de organización y producción capitalista. Además, el crecimiento de las ciudades genera determinados tipos de ser social o individuo social como lo explica Simmel en su revisión de la metrópolis, que generan un cambio en la perspectiva cultural. Esta expansión y crecimiento de las ciudades bajo modelos globales tiene un impacto directo en la percepción de lo espacial dentro del análisis social y científico, lo que prontamente va a ir conformando un determinado tipo de “cultural global”. Sombart explica que este fenómeno se debe a que “el consumo es, en realidad, la que ha creado las primeras urbes, de modo bastante uniforme, sin tener en cuenta las particularidades del país, bajo la presión de la evolución general capitalista” (Sombart, 1988, p. 78). La preocupación entonces para el estudio de la cultura, va a estar dada por esta ampliación del concepto y definición de lo cultural que ya evidencia Williams en sus escritos, asociado al cambio en la estructura de los significantes sociales de un modo de vida global.

La ciudad va a transformarse poco a poco en el eje de la pregunta sobre la cultura y lo cultural, pero no sólo como se explicaba antes, a partir de la práctica cultural y la experiencia intelectual y artística, sino también en su amplitud significante. Frampton dirá frente a esto que “el típico centro de la ciudad que, hasta hace veinte años, todavía presentaba una mezcla de barrios residenciales con industria terciaria y secundaria se ha convertido ahora en poco más que en paisaje urbano burolandschaft: la victoria de la civilización universal sobre la cultura modulada localmente” (Frampton, K., 1983, p. 39). En este sentido, la ciudad es el espacio, el lugar de rupturas y fracturas, de fragmentación y discontinuidad de procesos de significación colectiva y orden social global. Estas interrupciones, se producen sobre todo en la forma arquitectónica que toman las ciudades. El predominio de la técnica y la estructura por sobre la realidad contingente, territorial y local. En este sentido, la arquitectura predispone el terreno, barre con el terreno y lo elimina para establecerse como una tabula rasa, para dar una forma limpia sobre la que estructurar el edificio, la estructura concreta que se levanta eliminando cualquier vestigio de construcción significativa local. Son dos los elementos fundamentales que permiten la restructuración capitalista de los modelos locales: el edificio y la calle. El primero, permite el uso y habitar del espacio con la mirada puesta en la plusvalía del terreno sobre el que son construidos los habitáculos. El segundo permite la circulación y el tránsito por el cual el terreno consigue el valor necesario para sustentar esa transformación del espacio que adquiere valor. Los espacios circundantes, los antepatios, las galerías y los laberintos que aparecen como intersticios de la ciudad capitalista “se han convertido, en muchos casos, en los vehículos para acomodar ámbitos pseudopúblicos” (Frampton, K., 1983, p. 51).

La cultura como espacio comunicativo del orden social global constituyente de la vida social en las ciudades, aparece bajo el esquema de ciudad global capitalista como un espacio fragmentado. Esta fragmentación que tiene un origen en la forma arquitectónica, es sin embargo una ilusión del paisaje urbano, que interrumpe los flujos comunicativos que se hacen presentes en la cultura como campo extendido. La cultura, operaría como intermediador de la significación colectiva, pero su “desaparición” no estaría dado por la fragmentación espacial solamente, sino –y más importante aún- por la fragmentación comunicativa, es decir la articulación de las redes y expresividades propias de la significación social y espacial. En este sentido, sería coherente preguntarse ¿cuáles son las expresividades sociales de una ciudad y de qué manera estas expresividades representan un significante acerca de lo social?, ¿Cuáles son las formas, lenguajes y formatos que adopta la producción cultural y por qué estas  no se establecen en la genética de la ciudad?, ¿Cuáles son los sistemas de resguardo patrimonial y de recuperación de la memoria histórica colectiva? O también ¿qué tipo de institucionalidad cultural opera al interior de una ciudad y cuáles son las dificultades para que ésta proporcione un campo favorable para la generación de una cultura rica en interpretaciones y representaciones acerca de la realidad local?

A partir de estos cambios de la ciudad, la cultura emerge como un campo de estudio capaz de organizar la crítica y la resistencia. No sólo a partir del orden social de la arquitectura es posible caracterizar las transformaciones significativas sobre las cuales se produce la comunicación entre cultura y territorio. También en la transformación de la luz, del clima, del color y la forma natural se van a producir los quiebres y discontinuidades. El edificio o la edificación moderna capitalista, interrumpe estos procesos que conectan e interrelacionan los componentes, agente, persona, artista, producción cultural, expresividad, entorno y mediación. En las nuevas condiciones de la ciudad aparece el arte y la cultura, la percepción y significación del entorno, los fragmentos cognitivos que articulan la vida social. Pero al mismo tiempo es en la ciudad donde aparece un nuevo tipo de cultura, una cultura crítica y política, de percepciones nuevas que pueden ser exploradas e interpretadas. Los lugares de encuentro, las instalaciones de la cultura institucional, los espacios urbanos y la vida social de las ciudades aparecen como elemento articulador de la investigación y estudio de la cultura en la actualidad. El estudio sobre las condiciones sociales en que son producidas las significaciones sobre la realidad, la expresión artística y la producción cultural, son elementos que requieren de la perspectiva territorial para entender los nuevos elementos. Espacios modernos colindantes a expresiones tradicionales, intervenciones de expresión que intervienen la circulación y significan el espacio. Las condiciones institucionales del arte y la cultura, desde una perspectiva espacial y territorial, requieren de la mirada científica que comprenda los fenómenos más allá de la parcelación de los eventos y los fragmentos de expresividad. La necesidad de una visión territorial se convierte de esta manera en fundamento y objeto del estudio cultural.

Fotografía: Felipe Espinosa – Ascensor en Salvador (Brasil, 2006)


Bibliografía sugerida:

  • José Luis Piñuel, (2006), “Ensayo General de la Comunicación”
  • Raymond Williams, (1981), “Sociología de la Cultura”
  • Bernhard Waldenfels, (2001), “El Habitar Físico en el Espacio” en “Teoría de la Cultura Un mapa de la cuestión” (Schröder, Breuninger, comp.)
  • Werner Sombart, (1988), “La Gran ciudad” en “Antología de Sociología Urbana” (Bassols, Donoso, Massolo, Méndez, comp.)
  • Kenneth Frampton, (1983), “Hacia un regionalismo crítico: Seis puntos para una arquitectura de resistencia” en “La Posmodernidad” (Habermas, Baudrillard, Said, Jameson y otros comp.)


¿Como citar este articulo?
Felipe Espinosa P. (ene2012) "El Espacio de la Cultura o la Cultura Como Espacio: Elementos para el Estudio de las Ciudades" Recuperado el [FECHA ACTUAL] del sitio web de Revista El Topo http://www.eltopo.cl/el-espacio-de-la-cultura-o-la-cultura-como-espacio-elementos-para-el-estudio-de-las-ciudades

Recuerda:

Si deseas citar, linkear o reproducir nuestros contenidos, sólo te pedimos que nos avises, para poder tener un registro. Muchas Gracias!

contacto@eltopo.cl

Publicidad por Bligoo.com

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS